TÚ ESTÁS AQUÍ Y AHORAKandinsky, "Mirada Retrospectiva"

Kandinsky, "Mirada Retrospectiva"


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Kandinsky

De Sonoridades

FAGOT

Casas muy grandes se derrumbaron repentinamente. Casitas quedaron tranquilamente en pie.

Sobre la ciudad apareció de pronto una gruesa, dura nube anaranjada con forma de huevo. Parecía colgada de la puntiaguda punta de la alta, enhiesta torre de la Casa Consistorial, e irradiaba violácea luz.

Un seco, pelado árbol tendía al profundo cielo sus largas ramas temblorosas y trémulas. Era enteramente negro, como un agujero en blanco papel. Las cuatro hojitas temblaron un rato. Sin embargo no soplaba el menor viento.

Pero cuando llegó la tormenta y derribó muchos edificios de gruesas paredes, las delgadas ramas permanecieron inmóviles, las hojitas se pusieron rígidas, como de hierro fundido.

Una bandada de cornejas voló a través de los aires en línea recta, sobre la ciudad.

Y de nuevo todo quedó en calma.

La nube anaranjada desapareció. El cielo se hizo de un azul cortante. La ciudad, amarilla hasta el llanto.

Y a través de aquel silencio oíase sólo un ruido: el golpeteo de los cascos de un caballo. Ya se sabía que a través de las calles enteramente desiertas andaba solo un blanco caballo. Ese ruido duró largo tiempo, muy, muy largo tiempo. Y por eso mismo nunca se supo exactamente cuándo cesó. ¿Quién sabe cuándo nace el silencio?

Los sonidos arrastrados, largamente prolongados, algún tanto inexpresivos, indiferentes, largos, largos en el grave, moviéndose en el vacío, de un fagot hicieron que paulatinamente todo se pusiera verde. Primero un verde profundo y un poco sucio. Luego cada vez más claro, más frío, más venenoso, y aun más claro, más frío aún, más venenoso aún.

Los edificios crecieron en las alturas y se hicieron más delgados. Todos se inclinaban hacia un punto de la derecha, hacia donde tal vez esté el levante. Pudo percibirse como una tensión hacia el levante.

Y aun más claros, aun más fríos, aun más venenosos y verdes se hicieron el cielo, las casas, el pavimento y los hombres que lo recorrían. Iban éstos sin detenerse, ininterrumpida, lentamente, mirando siempre frente a sí. Y siempre solos.

Pero todo esto confirió al pelado árbol una grande, ópima copa. Alta estaba esa copa y tenía una forma compacta a la manera de una salchicha curvada hacia arriba. Esa copa sola era de un amarillo tan estridente que ningún corazón lo habría resistido.

¡Qué bueno que ninguno de los hombres que marchaban por abajo hubiera visto esa copa! Sólo el fagot se esforzaba por designar aquel color. Sus notas se hacían cada vez más elevadas, estridentes y nasales en su tensa tonalidad. ¡Qué bueno que el fagot no haya podido alcanzar esa tonalidad!